Tuesday, October 13, 2009

De la muerte de Chayane y otras desgracias urbanas.

Por Chano Castaño


   Comenzaba el segundo semestre del año 2004, yo era un perdido estudiante de publicidad de la Tadeo y rondaba los viernes tabernas como el Garage, el Baño de 4 Parques y la Séptima de Centro a norte. La vida se iba entre porros, libros de Cortázar que paleaban mi adicción a su escritura y mujeres pasajeras. Las fiestas siempre eran buenas si alcanzabas el amanecer con ánimo. Los domingos eran excelentes si abrazabas a alguien hasta la tarde pasando el guayabo de pepas y whisky. 
  Pero igual llegaba el estudio en el que siempre he sido firme y libre, y entre clases uno fumaba cigarros presurosos, hablaba en la plazoleta y se reía de todos, de tombos, primiparos y chirrys. Y entre esos chirrys nadie puede olvidar uno especialmente, Chayane, aquel moreno de 6 muelas que andaba siempre trajinado, con la ropa hecha flecos, con el afro pegachento que olía a calle. Un hombre formal porque muchas veces lo vi con traje de corbata y pantuflas de gorila caminando por toda la Cuarta, o caballeroso y heroico, pues ponía tablas sobre los charcos para que las jóvenes pasaran y advertía del asalto a los estudiantes borrachos de media noche. Toda una figura Chayane, quien después de haber sufrido la pérdida de su amada Olga tiempo atrás sabía las vicisitudes de la vida entre postes y esquinas, los peligros que se corrían y las oportunidades que se perdían. 
   Siempre tuve en la buena a Chayane; si me estiraba la mano se la daba sin asco; si me preguntaba cosas se las respondía con elocuencia de parlache; en el momento del hambre le gastaba cualquier cosa que estuviera al alcance de mi precario bolsillo de estudiante; me divertía con su canto pastoso y quebrado que entonaba rancheras y temas que nunca supe qué eran; y en las noches, escoltado por su conversación y caminata, escuché sus historias trocadas y pendencieras. Precisamente semestres después cuando ya estudiaba comunicación social y escribía para la revista la Brújula de la Tadeo, narré el éxodo de Chayane desde tierras cálidas a las frías y sangrientas calles del centro de Bogotá. No recuerdo bien de dónde venía pero sí que su familia y la de Olga habitaban el barrio la Paz, ese reguero de casas que hay arriba de la Tercera y que se debate entre tiendas y parqueaderos donde venden bareta. 
   La entrevista que le hicimos con Jessica Sánchez, mi compañera de crónicas urbanas, fue bastante entretenida y clarividente. Nos hizo ver que dentro de un habitante de la calle tan guerrero y colorido como Chayane todavía existía la noción de ciencia como verdad y de estudio como salvación. "Yo me acuerdo que la Olga siempre quiso estudiar en la Tadeo, y a ella le gustaba la ciencia y saber de las matas y de los animales porque quería mucho los perritos y otras cosas", nos dijo Chayane en aquellas ocasión. Pero su respuesta más contundente y que marcaría el reportaje fue la que nos dio cuando le preguntamos qué pensaba de ese gusto por la ciencia: "Ustedes saben, la ciencia es de muchas cosas, de cosas de la calle, de la vida, de la gente, y además la ciencia es buena porque  la verdad es galáctica". 



   Veracidad Cósmica

   En esa crónica Chayane nos contó una historia que reflejaba los trastornos de su cabeza. El relato versaba acerca de su bajada del barrio la Paz al de Las Nieves. Nos dijo que todo empezó una noche en que dormía en su casa allá en la loma. Dormía intranquilo porque un vecino había amenazado con matarlo. De repente en la madrugada escuchó un estruendo y se asomó por la ventana del cuarto y vio a su vecino apuntándole con una pistola. Los disparos comenzaron y Chayane se bajó al primer piso de su casa y oh sorpresa, ese primer piso estaba inundado porque un aguacero garrafal que había caído toda la noche tenía en ascuas la tubería. Nuestro personaje, según él, salió corriendo y se lo llevó una avalancha de agua entre las calles del barrio la Paz, una corriente que como un río de la concret jungle lo arrastró hasta la entrada del teatro Metropol. Y ahí empezó su periplo por el barrio donde queda la Tadeo. Y ahí también empezó, sin que él lo supiera, la cuenta regresiva de sus días. 
   Hoy una voz me contó por teléfono que a Chayane lo habían matado. 
   Al yo preguntar por el suceso me comentaron una historia veloz y llena de esos detalles extraños que lo único que hacen es acrecentar la impunidad. Según esa voz, a la media noche en el parque pequeño que hay frente a la taberna el Garage, diagonal al edifico de postgrados de la Tadeo, Chayane fue apuñalado por unos barristas de millonarios. De esa gente que llena de perico y trago barato buscan al mejor postor para pegarle o robarlo, para matarlo y reír después. Y Chayane cayó esta vez, yéndose así con una parte de la "verdad galáctica" de la Tadeo y de sus egresados y estudiantes, porque el amor y repudio que le tenían entre la comunidad tadeísta siempre se sobrepuso al prejuicio: nadie apostaba un peso por él pero se sabía que no robaba, que no mataba, que no fastidiaba, que era un agente activo del paisaje urbano de la universidad, un elemento importante lleno de experiencias y advertencias para todos. 
   Otras malas lenguas, llenas de temor, acusan a la limpieza social. Si es así--que no lo creo--Chayane no tenía nada que ofrecerles: sin él esas calles van a ser más peligrosas porque a muchos los salvó del hampa callejera, además nunca se le vio trayendo dealers ni rateros, caso diferente al de Jimmy, otro habitante de la calle que se sabía hacer amigo de los estudiantes para luego campanearle a sus secuaces cuál era el mejor pollo para caerle sin mente. 
   Esta ciudad mal hecha, llena de injusticias, maltratos, arbitrariedades, escándalos, violaciones y corrupción, cobra otra víctima entre los que menos daño hacen y más ayuda necesitan. Siempreviva Chayane: amigo, narrador y estrafalario loco que le hará falta a un barrio y a una comunidad estudiantil que es frívola ante los crímenes atroces y continuos que se presentan en las calles que la rodean. Que nuestra memoria frágil no se llene de bazuco, de susto, y ojalá seamos capaces de poner un alto a la criminalidad de los habitantes de la calle. 
   Hagámoslo por Chayane y todos los anónimos y solitarios muertos que no tienen a nadie que los llore. 



Tuesday, August 11, 2009

Bonita hora paisa del orto

Por Chano Castaño


   El señor Presidente de Colombia, Uribe Vélez, conocido por los alias de patroncito, capataz o paraquito, ha decidido que se va a lanzar a una tercera reelección, lo que significan 4 años más de chuzadas, falsos positivos, pactos secretos, peleas con los vecinos, guerra estratégica y Farc, Farc, Farc. Porque de seguro se va y los narcos no habrán acabado su historia de sangre y droga, tampoco las bandas emergentes dejarán de matar, desaparecer y negociar, lo mismo seguirán el hampa, la corrupción y el desasosiego en un país como Colombia, donde 12 años de un generalote encorbatado no bastan para darle término a una guerra porque en verdad hay miles. 
   Además de todo el ciudadano crítico no tiene opciones--porque el ciudadano común ya está fulminado por la propaganda, lo que llaman colombianos con pasión--, y no tienen opción debido a los candidatos presidenciales, sujetos individualistas que van más por una carrera presidencial llena de rivalidades que de propuestas, fuera de que el voltiarepismo es el rey de las ideologías: los que eran godos se volvieron cachiporros, los que eran polistas se volvieron uribistas--y de paso cristianos--, y los que eran de esa vaporoso estado que es el centro se sumieron en un hueco. 
   No estoy de acuerdo con que suba un presidente que tenga mano de algodón con los violentos, pero tampoco me conforma un individuo que no piense en lo social, lo cultural y lo humano de un pueblo, características que finalmente son básicas a la hora de crear un país próspero, lleno de fuerza y carácter. La guerra del ejército con las Farc, de los paramilitares con el ejército, de los narcos contra los paracos y los farianos, de las bandas contra las otras bandas; la guerra, como se pueden dar cuenta, es el eterno retorno de Colombia, siempre volvemos a ella por más que tratemos de evitarla, de transformarla o de olvidarla, y la culpa no es de la memoria, de repetir lo que dejamos atrás, no, la culpa a la final son las culpas, y para remediarlas lo mejor es terminar su forma de financiación, la droga, ese recurso juerguista y mortal que soporta nuestra violencia, y que continua así el arroyo mortal de hechos que siempre han generado muerte, odio y plomo. Si hay un candidato que se atreva a cambiar esa realidad impulsando la legalización seguramente nuestros mojigatos de siempre estarán en la punta de la lanza atisbando problemas al futuro, en vez de cambiar el presente y ahí sí preocuparnos por lo que viene. 
   Uribe, paisa recalcitrante y furibundo derechista, ha construido cosas importantes pero a su gobierno lo minó la corrupción y la doble moral, incluyéndolo a él como bastión de cada movimiento secreto y corrupto que se haya realizado. No se ha comprobado nada, pero seguro 4 años más de lo mismo darán tiempo para que la verdad saga a flote o tal vez, como siempre, nos hundamos poco a poco en la amnesia y la impunidad. Yo no veo tampoco un remplazo que supere la imagen del capataz, pero de seguro en el camino irá apareciendo gente, porque con lo que tenemos ahora ni para el sancocho en el río revuelto...
   
   

Tuesday, March 24, 2009

Por Ernesto Kiyoti


   Nunca es demasiado tarde para volar sobre los trigales en un avión rojo. Nunca es demasiado temprano para saber cuando vas a morir o a qué horas te enamorarás de nuevo. Nunca es demasiada la mañana para darse cuenta de que un azul no es azul y para conocer todo el mundo que despierta. Nunca es demasiada la noche para la fiesta que espera en cada esquina y nunca es demasiada la locura como para decir que estamos locos, que no hay nada que hacer. No hay nada que sea demasiado. La insatisfacción recorre nuestras venas, quien lo niegue estará diciendo que sólo la carga positiva existe, que todo es perfecto, que acá no falta nada. No escasea la vida, tampoco la muerte. No escasea la pólvora, tampoco la poesía. No escasean los libros, tampoco los lectores. Pero es algo innegable: la realidad nunca es suficiente para lo que estamos buscando. Todo nos llega por partes y hay que armar un rompecabezas, un mosaico que sea guía y clave al tiempo. Y para colocar las piezas donde es, cada uno de nosotros debe saber una sola cosa: el tiempo es oro. 

Sunday, March 15, 2009

200 años de miedo a la Poe


Por Chano Castaño 


El miedo del siglo XX lo hizo un hombre del que se habla bien cuando se trata de sus palabras y obras, pero del que se habla perversamente cuando de su conducta se trata. El miedo que viene de las pantallas de cine, que sale de la boca de los cuenteros, que atraviesa la imaginación de los niños, lo engendró este sujeto de bigote negro y rostro enigmático. Y cuando uno lee sus cuentos siempre queda una sensación de horror, una emoción perpetua de muerte, un ambiente lúgubre que se resume en una neblina espesa que cubra la calle, en un pozo oscuro, en una casa desquebrajada y espectral.

   Si Edgar Allan Poe está cumpliendo 200 años de su nacimiento y 150 de su muerte entonces nuestro miedo, ese pavor explícito que carga la modernidad encima, también está de cumpleaños. Allan Poe está presente en cada momento de oscuridad que tiene un escritor y vive entre líneas cuando de temas góticos, policíacos y de horror se escribe. Sin su manera de componer, sin su fantasía fantasmagórica y su tensión constante, los cuentos que conocemos ahora no habrían podido ser escritos y tal vez nuestra existencia sería más aburrida y tranquila.

   Poe nació el 19 de enero de 1809 en Boston bajo el seno de una familia artista, donde los padres eran actores que recorrían el país haciendo teatro y recibiendo aplausos y escupitajos. Su vida está llena de altibajos, de botellas vacías y continuo sufrimiento. A corta edad su madre abandona esta vida y él es adoptado por la familia Allan, de la cual tomará su apellido hasta la muerte, y de dónde viene su hombre de combate y fuego: Jhon Allan, ese padrastro militar que con reglas estrictas trató de controlar al impaciente infante, y lo único que hizo fue engendrar un poeta de lo monstruoso, de la locura, del alucine.

   Edgar Allan Poe se escribe en la Universidad de Virginia ubicada en Charlottesville y empieza a estudiar lenguas. Entre la diatriba cotidiana y juvenil el poeta conoce el juego, la bebida, los libros imprescindibles y el sufrimiento. Como a un tahúr, en cartas y dados se le va el dinero y sus deudas crecen como maleza. Jhon Allan, su padrastro y protector, quien recibía toda la carga de esas pérdidas, se cansa y manda por el muchacho incorregible, que llega a Boston a trabajar en el oficio que salga. De ahí en adelante su vida dependería del viejo y mal remunerado oficio de escribir, del que aprovecharía el periodismo, la crítica y la prosa para conseguir unos centavos.

   Edgar Allan Poe escribe entonces su primer libro, Tamerlán y otros poemas, del que sale un tiraje de 50 copias que desaparecen no por ser un éxito literario, sino por la poca fama del autor, quien también en ese tiempo se enrolaba en el ejército. Allí encontraría estabilidad económica y labores varias que lo entretendrían un tiempo, pero después volverían los problemas. Obtuvo el grado de sargento mayor en artillería y con ese avance intentó buscar alternativas; confesó a su primera autoridad, el teniente Howard, que había mentido en el formulario de inscripción y le pidió que acortara el tiempo de alistamiento y éste, piadoso y comprensible, le dijo que lo haría pero sólo si trataba de reconciliarse con su padrastro, Jhon Allan, ya que él podía ser clave a la hora de hacer la diligencia. Poe escribió una epístola de reconciliación que no fue respondida en meses. El padrastro ya tenía una actitud frente a él y al parecer era imposible hacerlo cambiar de parecer. Fue necesario un hecho trágico para que los dos volvieran a verse. Su madrastra, Frances Allan, quien lo había mimado y criado desde párvulo, murió sin que Edgar tuviera conocimiento del hecho, y hasta un día después de su funeral fue enterado, lo que llevó a que reaccionara fatídicamente. Cuando fue a visitar su tumba—ese mismo día después del sepelio—no pudo resistir la congoja, el horror, la melancolía, el miedo, y cayó desmayado como una golondrina que muere buscando el horizonte. Gracias al acontecimiento el corazón de Jhon Allan se ablandó y su comprensión llevó a que facilitara la diligencia del alistamiento de Edgar en el ejército, pero bajo una condición: debía matricularse en Westpoint, otra academia militar.

   Borges decía que los hombres débiles sólo tienen las palabras para vencer y defenderse y así le pasó a Edgar Allan Poe. Tras un juicio marcial que lo declaró culpable por evasión de la autoridad militar y abandono del servicio, el poeta de Boston empezaría su vida como amanuense. Vendrían con el tiempo varias publicaciones que le harían ganar reputación pero también que le granjearían la fama de escribano alucinante y loco. Su problema con el alcohol es conocido por todo el mundo y es más su fama por esta condición que la que merece por su obra literaria. Hay quienes dicen que era un infatigable fumador de opio, pero hay otros que aseguran que nunca fue drogadicto, sino un solitario y empedernido compañero de las copas. Habría que estar allí, en pleno siglo XIX, para comprobar si sus intoxicaciones asiáticas eran reales o si son vanas falsedades que se han hablado en su contra. A Poe—como al siglo XX— se le ha acusado de todo: satánico, necrofílico, drogadicto, soñador, rapsoda, periodista, oscurantista, decadente y depresivo son algunos de sus calificativos más conocidos. Tal vez era todos y ninguno o algunos y otros no. En todo caso su legado tiene fragancia de cadaverina.

   Edgar Allan Poe fue una influencia marcada que tuvo la literatura francesa y latinoamericana. Charles Baudellaire, el vate maldito de París, tradujo sus cuentos y reprodujo por todo un continente sus palabras, esas que narraban la historia de una casa que caía tras el resucitar de sus habitantes catalépticos; las mismas que ondinas, profundas, poetizaban al cuervo desperado que lleva al delirio a un hombre; esas palabras que sin duda alguna dieron vitalidad a todo literati que buscaba la urbe entre los párrafos, la ciudad y sus huecos insondables de amargura. Allan Poe creó la manera de alcanzar aquella sensación que procura el cuento moderno, y se inventó la trama policíaca, que a desembocado en la novela negra, aquel género de sangre, pólvora y misterio que tanto encanta a los lectores.

   Julio Cortázar tradujo al español a Edgar Allan Poe. De esas traducciones—hay que imaginar al cronopio sentado elucubrando cada instante, cada metáfora, cada palabra eléctrica—muchos autores han dicho frases sueltas. Algunos aseguran que Poe es mucho mejor en español y en francés que en el mismo inglés. Hablan de tosquedad en el estilo, de imperfección, y dicen que hubo muchas correcciones por parte de los dos grandes literatos que se ocuparon de traducirlo. Lo cierto es que las versiones de Cortázar son espectaculares, todo un trabajo admirable y artístico que seguramente hizo mientras trabajaba en su oficina de la Unesco, fumando, ensoñando a Poe sobre las calles de Boston y New York, imaginándolo como un sujeto tan triste y tan fascinante como su palabra escrita.

   Borges fue otro latinoamericano que habló de Poe desde todos los ángulos. Fue crítico y admirador de sus escritos y seguramente, en su lectura activa y precisa, encontró millares de emociones. En sus famosas seis conferencias, dictadas en la Universidad de Harvard en el transcurso de 1967 a 1968, dijo que Poe lo había impresionado cuando era joven, pero que ya en la adultez sus historias llegaban hasta a incomodarle por el estilo del autor. Borges también cita al famoso poeta norteamericano Emerson, quien siempre dijo que Poe era el hombre ripio. A esto Poe siempre contestó de manera crítica y astuta, pues para él la filosofía trascendentalista de Emerson y David Thoreau no eran más que misticismos inapropiados, mal usados y con intenciones puramente retóricas más que sustanciales. Pero Borges también escribió un poema sobre Edgar Allan Poe que tiene versos estremecedores y musicales, de los cuales resaltan unos que dicen: Como del otro lado del espejo/ se entregó solitario a su complejo/ destino de inventor de pesadillas./ Quizá, del otro lado de la muerte,/ siga erigiendo solitario y fuerte/ espléndidas y atroces maravillas.

   El pasado siglo XX, gestor de dos guerras que casi nos destruyen y desembocaron en la bomba atómica, creador de genios como Vicente Aleixandre y Roberto Bolaño, epicentro de invenciones tan grandes como la internet y las naves espaciales, lugar de nacimiento de generaciones místicas y revolucionarias como las de los 60´s, es un siglo que va a ser recordado por la humanidad con fervor y pavor. Y ese temor protuberante de nuestra sociedad, esa temeridad en las calles y en la oscuridad, ese miedo incesante frente a lo natural y lo artificial, esa emoción de vacío y desespero, la ayudó a nutrir Edgar Allan Poe. Nadie dice que este sentimiento no existiera desde el principio de la humanidad, pero indudablemente las formas y mecanismos que el propio hombre ingenia para crear pánico en la modernidad están llenas de las fórmulas de Poe, de su estilo para llevar los acontecimientos, de su ritmo para encuadrar toda una escena espeluznante.

   Por eso es que este 2009 no puede ser un año vano. Hay que recordar al padre de nuestras pesadillas cada día y leer sus poemas y cuentos para ser concientes de que el miedo a la Poe está presente en cada esquina, en la conversación cotidiana, en las miradas penetrantes, en las presencias alteradas, en las sombras de media noche, en las palabras duras, en los fantasmas ocasionales, en las películas de zombis, en las historias de suspenso. El mundo no puede dejar pasar los 200 años del nacimiento de Poe pues olvidarlo sería volver a descubrir el miedo nosotros solos, y ya no tendríamos esa guía fantástica que nos lleva de la mano a través de casas embrujadas, de cementerios malditos, de gatos negros y péndulos infinitos. Edgar Allan Poe es el miedo de la modernidad y esta era le debe esa faceta, ese rostro misterioso que nunca permite sentir el límite. Y el hombre le debe un agradecimiento porque en su literatura se camuflan elementos de la naturaleza humana más perversa y oscura, y tal vez sin aquella poesía melancólica y aquellas narraciones tensas, no hubiéramos descubierto que somos seres de dos caras. Seres que también ensueñan la muerte, el desastre, la tristeza y el olvido.

  

  

  

   
   

   

De Shekaspeare y otros retratos azarosos


Por Chano Castaño 
   

   Con la aparición del último cuadro del gran amanuense británico W. Shakespeare se ha levantado una polvareda de rumores y opiniones que, valga decirlo, sólo suceden cuando un tema grato y popular viene a debate. Columnistas, habladores, locos, cuerdos, cizañeros y poetas económicos han empeñado su espacio en los diferentes medios para juzgar si el retrato es original, si tiene credibilidad, si fue pintado por un desconocido, si en verdad es Shakespeare, si es un cuadro o un simple ejemplar del círculo vicioso que ha vivido la imagen del autor del Rey Lear y Macbeth. Yo, en una causa enajenada de toda masa, me uno a la tormenta de comentarios desde este espacio y hablo desde mi vena crítica. 
   Estoy de acuerdo con William Ospina cuando dice en su columna de El Espectador que Shakespeare más que ser una figura es un mito, pues ya se conoce que su vida es prácticamente un misterio, y que muchos años después de que escribió todo--porque también sabemos que es todos los hombres--fue que su literatura tomó importancia. Si aparece una imagen de un mito toda objetividad será imprecisa, porque el mito está en los hombres y en lo que cada uno es. El mito tiene una influencia colectiva imprescindible que enseña a conocer el mundo y a uno mismo. Si el mito de Shakespeare dependiera de cuántos utensilios de su vida cotidiana encuentran, o de las ruinas de un teatro o de un cuadro que alguien sacó del ático de una casa gigante, de seguro ese mito no existiría porque su vida no estaría en la memoria, sino en los objetos que sin ella serían nada. Shakespeare es inmortal porque su obra perdura en la memoria de la humanidad, en aquella que dialoga entre si no importen los idiomas, en esa memoria que se nutre de experiencias dispersas y cavernas internas. 
   Tener un cuadro de Shakespeare no significa entenderlo. De seguro los ingleses lo entienden a la perfección, claro está, pero también el mundo entero ya se inundó de su poética precisa y universal. El mito ya alcanzó los lugares inesperados que jamás imaginó el amanuense británico y nada lo va a detener. Ni siquiera nada lo va a ayudar, porque una imagen como la aparecida puede solamente llevar a un acercamiento parcial, pero en verdad nada dice. Creo que más de su vida dice su obra y su ensueño y su prosa ágil y fresca. Más de su vida y de su forma de ver el mundo dice su escritura que fue bastión de la modernidad.  
   

Wednesday, March 11, 2009

El Tren IX

Por Chano Castaño




   Hubo un hombre secreto en el mundo que se casó con una mujer de vida pública: ella lo metía entre los círculos de personas ricas, con poder; y él mantenía su cama llena de caricias y palabras encantadoras. Fueron una pareja excepcional. Nadie se negaba ir a sus fiestas, todos reían con sus chistes, les hacían venia a sus comentarios, abrían la pista de baile para ellos. Pero un día el hombre secreto decidió no seguir con la mujer pública--justo después de haber conseguido todo lo que buscaba, es decir, la manera y el recurso para hacer La Gran Subasta. 
   Muchos dijeron que fue un romance lo que alejó a semejante caballero de soberana dama, pero como su nombre mismo lo explica, el hombre secreto sólo debe tener secretos, y nadie puede guardarle sus comentarios como verdades, pues para aquel sujeto mentir era la realidad. Si hubiera contado sus planes o su verdadero origen de seguro no consigue tantos lujos y facilidades. Era necesaria la ficción, pero todavía era aún más necesario trabajar en ella, y por eso el hombre secreto siempre dijo que era un guionista francés. 
   A la dama pública había dos cosas que le fascinaban: el cine y las subastas. Como no tenía amigos que supieran mucho del tema decidió meterse en bares de bohemios que fusilaban del aburrimiento o encantaban con la inteligencia, y en esos cafés y bares tumultuosos y humeantes, entre el olor a vino y vodka, conoció la dama pública al hombre secreto y se hicieron primero amigos y después amantes. El resto de la historia ya la conocen. 
   El país de los trenes es un lugar enigmático, con todas las estaciones menos invierno, de tierras áridas, selváticas y calurosas, con una extensión igual a la de sus ferrocarriles y con una población que trabaja toda en la empresa de transportes. Los dueños de esa empresa siempre han sido los mismos, y bajo su mano se ha creado este país desorbitado, sin gran relato y sin gracia fuera de sus vagones. El mundo entero viaja a través de ellos y los grandes millonarios contratan la empresa para que les venda vías férreas y trenes: son los únicos constructores de estas máquinas y como tal piden una condición única a la hora de los tratos: que terreno por donde pasen los hierros, terreno que pertenece al país de los trenes. Sin pestañear todos aceptan porque es idiota no hacerlo. La extensión del país de los trenes es vasta, pero su fragmentación permite que no haya población ni ejército ni senado ni nada de esas cosas, ni siquiera un libro de leyes. Los dueños de la empresa son quienes premian y castigan y quienes hacen de policías y ladrones. El resto, los pasajeros y trabajadores, son fichas que juegan sin darse cuenta. 
   La Gran Subasta es la última estación del país de los trenes. Pocos llegan hasta allí porque es un reservado que nadie paga.  Solo Ricos, grandes empresarios, excéntricos artistas, presidentes, reyezuelos, líderes de todo tipo, en fin. Lo único necesario para ingresar a las suntuosas mansiones y para viajar en los lujosos yates de la subasta es pagar nueve millones de dólares en efectivo y esperar un año. El dinero se invierte en hampa porque La Gran Subasta no vende estupideces sino cosas tan extrañas como valiosas, cosas que no siempre son adquiridas legalmente. Muchos de los objetos son negociados si sus dueños aceptan la oferta, pero la mayoría son robados porque o no tienen valor o su dueño se rehusó a cederlos. Es una mafia La Gran Subasta. Una mafia corrompida, astuta, demoniaca y juerguista, porque siempre los eventos terminan como en Roma: orgía orgía orgía...
   Este año La Gran Subasta está cuidadosamente planeada. Alguien, no se sabe quién, tal vez el hombre secreto, advirtió que varios países del mundo organizaron una conspiración para acabar con el monopolio del transporte férreo y de paso con el negocio de la subasta. Todos los ladrones fueron excepcionalmente escogidos, todos los estafadores fueron investigados hasta los huesos, todos los mentirosos contratados fueron probados y probados hasta que mentir se volviera un proceso natural. Y el hombre secreto entonces se arriesgó pero sin jugar su última carta: subastaría de paso el tren y el país entero con él. 

Wednesday, February 18, 2009

El Tren VIII

Por Chano Castaño



   Antes de ser un rock-star nunca había dormido solo. Comía cuando la mendicidad le otorgaba la suerte, cantaba destemplado bajo los puentes y en las esquinas de miles de metrópolis, esperaba la dosis que espanta el odio. Una noche cantó para todos los que estaban echando de una fiesta; era la mitad de una calle, aplaudía el público ebrio, la ausencia de música hacía que la voz de tarro, carrasposa y áspera, fuera un melodín perfecto, y una chica vestida de cuero negro salió cuando todo había acabado y le ofreció algo de comer, en su casa. Lo llevó como a un perro. Le dio un baño y una cama decente. Lo despertó con desayuno y comida fresca y le soltó la noticia: esta era su nueva vida y debía ganársela con sacrificio y sudor y lágrimas y puteadas. 
   En las giras del principio se portó como una basura juvenil y despreció oportunidades de todo tipo con chicas, grandes músicos y productores. Er de entenderse, apenas entraba en el negocio. Después del segundo disco y en la tercera gira su comportamiento cambió, sedujo chicas a ritmo de vedette y sucumbió a placeres gourmet, dejó algunas drogas, leyó libros y fue a otros conciertos a escuchar otra música. El tercer disco estaba vaticinado como el éxito de la década; ya todos lo tenían marcado con la idea de el hombre que salvó el rock y era un ejemplo social, de energía y voluntad. El gerente general de la disquera decidió que más del 60% del presupuesto anual se invertiría en la grabación y promoción del álbum, y con tanto dinero todo el mundo enloqueció. El trabajo se volvió rumba, excesos, pereza, lujos, facilidades. Y justo cuando faltaban pocos días para empezar a ensayar con los músicos, nuestro rock-star se quedó dormido en una mansión de Amsterdam y nunca llegó a la sala REC ni a su apartamento ni al cuarto de ensayo ni a la oficina de su jefa. El hombre se había alcoholizado tanto que no pudo levantarse en tres días y cuando regresó a su país ya lo habían remplazado. 
   Quiso vengarse pero no sabía cómo, de alguna manera su culpa estaba como una marca de agua sobre los hechos. Sus abundantes placeres lo demacraron hasta la negligencia, algo similar a lo que había pasado muchos años atrás, cuando era el hijo preferido de su familia y llegó a convertirse en una amenaza para ellos. Quería matar a todo el mundo y en las avalanchas de cocaína y morfina que entraban en su cuerpo hizo más de un intento. Después fue la calle. Después fue el rock. Ahora todo era nada. Nada era un silencio y una botella vacía y el cuarto metido en un vagón. 
   El tren lo recogió en la estación Pennac, donde conoció a la mujer que lo acompañaría por esta travesía loca. Él iba para un cuarto de clase alta y ella para uno de media. Como un caballero ofreció un espacio en su cuarto y ella lo aceptó--tal vez como una dama fácil o como una princesa o como una cabaretera, no se sabe muy bien, porque cuando entraron a la habitación hicieron el amor sin preguntarse muchas cosas y eso ya era un signo de afán y estupidez pero no les importaba nada,  siguieron así hasta que llegó el sol con su entrada azul y su frío tenebroso, entonces ellos se abrazaron y siguieron pegados, sudando copiosamente, intensos; enamorados dirían los pesimistas, precisos diría un calculista, perfectos diría un sátiro fotógrafo. 
   Un día el rock star salió de la habitación y llegando al baño vio cuando unos tipos, en un cuarto, le daban golpes a un joven. Es un pobre diablo sangrón y ratero, le dijeron los policías cuando él preguntó por la causa de la golpiza. Al oír las frases se integró al grupo y golpeó tanto al muchacho que un gordo lo detuvo con violencia; el joven se les iba entre cartílagos y equimosis y no convenía que muriera, pero igual fue indetenible su hora de partida y se les quedó allí, lacrimoso, sin rostro, vuelto una filigrana de carne podra. El rock star sobornó a los policías menos a uno, el que no estaba presente y era el jefe: Babilonius López. Le hablaron muy mal de él, de sus ataques neuróticos y del hambre de sangre con que vivía. Eso lo asustó y se encerró en su cuarto durante cien días y noventa y nueve noches, y hasta hoy, el día en que salió de su cuarto barbado, con las uñas largas y su acompañante embarazada, hasta hoy que yo he podido subir al bus por aviso de mi jefe, hasta hoy que él no sabe qué es el verdadero miedo y lo conocerá a pedazos, como en los libros o las películas, y así su agonía será de carne y alma, de cuerpo y substancia. Yo soy Lizcano Martín, el hermano de ese muchacho que este putañero mató por gracia de su locura idiota. Y esta noche la vendetta es mi juego todo o nada. 

Monday, February 16, 2009

El Tren VII

Por Chano Castaño



   Hace pocos días fui a ver a un tipo que lee la carta astral y adivina sucesos del porvenir. No le creí mucho porque soy devoto de mis dioses y de ellos ni hablo, no es asunto de palabras algo sagrado. Fui a verlo porque me lo recomendó el policía al que le regalo tabaco de la Habana y porque una tarde me di cuenta que alguien lo quería asesinar. 
   Era un día caluroso, extrañamente caluroso. Salí a comprar algo de beber al bar y vi que el dueño del tren estaba sentado con un viejo canoso y gordinflón. Me llamó la atención que tenía un parecido inusual con uno de los sujetos que había visto el día que mataron a Cabrera Infante. Yo ya me había relajado con el tema y no me importaba encontrármelos de frente. No me reconocerían, quien me vio ya está muerto. Su olor todavía permanece en el cuchillo que siempre llevo en el jersey. Por el momento me quería concentrar en llegar a la Gran Subasta, donde podré quitarle dinero, joyas, prendas y chequeras a la gente. Cuando pedí un ron vi que un tipo entró al por la puerta del fondo, empezó a pedir disculpas mientras pasaba apresurado y cuando llegó hasta la mesa del dueño del tren se detuvo. Saludó limpiándose las manos en el pantalón. Estaba agitado. Su respiración no lo dejaba hablar. Yo supuse que algo andaba mal además que sí, era él, el hermano del dueño de cada uno de estos vagones, el que en verdad yo había visto en compañía de las mujeres bellas la noche en que mataron a Cabrera Infante. 
   Me quedé escuchando su conversación con atención de vieja chismosa. Pedí más licor para poder acompañar mi espionaje. Estos tipos están enfermos y esa noche me di cuenta. El dueño de los trenes hablaba de una mujer a la que había torturado en su cuarto porque cantaba ópera y su hermano, otro demente, dijo que en le Gran Subasta estarían los coleccionistas más famosos de mundo y con más dinero, que por eso llevaban las gafas del amanuense cubano, un bastón de Borges, una película inédita donde aparece Pancho Villa, dos cuadros de Francis Bacon inéditos, una pulsera de Manco Inca Yupanqui y unas fotografías pornográficas de Hitler. El tipo tenía bastantes particularidades para vender, se notaba que se volvía más rico en cada subasta. El dueño de los trenes felicitó a su hermano y le dijo que tenía alguien a quien quería presentarle y empezó a hablar el gordinflón que los acompañaba. Se presentó como Albeiro Guerra Field y entre el susurro que era su voz alcancé a escuchar que había un astrólogo al que sería interesante preguntarle por el porvenir, que estaba en un vagón cercano y que ya tenía fama entre los pasajeros. El dueño de los trenes intervino y le dijo a su hermano que si quería se lo llevaba al cuarto, pero éste se negó argumentando que sería mejor en el cuarto de siempre--y ahí fue que dijo la frase clave--, donde solían torturar y comer a los elegidos. La mujer de la ópera fue una de tantas en su menú. Y cuando estos tres se empezaron a reír y brindaron por su próxima víctima a mí se me erizó la piel y se me helaron los pies. Algo andaba mal y debía ayudar. Fue así que le pregunté a Babilonius por el astrólogo y él, humilde entre su barbaridad, me dirigió hasta su vagón, donde olía a incienso y había brandy servido en el escritorio. El tipo se dio cuenta que yo era cubano y su expresión me lo dijo porque es el rostro de quien siente un isleño cerca. Yo me relajé lo que más pude y cuando salí de su consultorio le dejé una nota donde le advertí de su asesinato y le establecí una cita hoy, acá en el bar, a esta hora. El tipo no viene y eso no me gusta. ¿Qué tal me hayan espiado? No encontrarían nada, sólo un cuchillo y sangre seca. Igual no les importará matarme, pues a la mujer que cantaba la ópera, por lo que escuché, la hicieron pasar por ahorcada a sabiendas que no quedaba ya ni un gramo de su cuerpo. 
   De repente el astrólogo llega. Le tiendo la silla vacía que tengo cerca, lo saludo cordial y empezamos a hablar. El tipo me dice que no ve quién lo pueda asesinar. Yo le digo que no es un crimen con móviles fuertes: simplemente ganas de tragarse a alguien. Le comento lo que se, sobre los planes del dueño del tren y su hermano. El astrólogo se rasca la barbilla y espera, da bocanadas a un cigarrillo y se queda mirando el horizonte en la ventana que está detrás de la barra. Piensa en su muerte. Piensa en que mañana puede desaparecer. Piensa que esta será su última vez en un bar y que fue con un cubano sin gusto ni gracia que le advirtió su crimen. El astrólogo debe pensar que yo soy quien lo va a matar y eso lo demuestra con las idas múltiples al baño. Está nervioso. Yo me quedo quieto y trato de ayudar sin hacer ruido. El tipo se desmaya en el asiento de la barra, lo recojo y lo llevo a mi habitación. Está mal, viene a despertarse cuando le paso un poco de agua. Se asusta cuando ve que está sobre mi cama pero se calma porque empieza a darse cuenta que lo quiero ayudar. Me dice que pidamos servicio a la habitación y mando traer carnes. Cuando salgo a recibir el pedido, el camarero me cuenta que tengo que acompañarlo porque hay en la cocina un plato que no saben si es de esta habitación o de otra. Al principio trato de dilatar el esfuerzo y termino en pelea, así que me toca ir hasta esa lugar que huele a cebolla y a grasa y a regueros de toda índole. Allí me dicen que el plato ya lo habían despachado, que ya habían averiguado a dónde iba. Me da rabia pero hay algo que me da más rabia y es llegar a mi habitación y darme cuenta que el astrólogo está perdido, que no aparece, que no dejó ni rastro, y que mierda si da duro aceptarlo pero es mi culpa, mi habanera culpa, mi tropical sandez, mi calurosa torpeza. Frente a mi puerta me agacho y lloro. Ese hombre debe estar muerto o bailando el cha cha chá con alguna diablilla del infierno. Ya nada me importa. Seguiré mi camino esperando llegar a la subasta y no me pondré de héroe a salvar a otros. Soy un ladrón profesional, sin emociones, sin remordimientos. Pero coño, qué sed. Doy una vuelta y regreso al bar, donde veo unos tipos que llevan una bolsa negra. Me voy tras ellos, sigiloso y silencioso. Veo cuando pasan todos los vagones de clase alta y llegan hasta el segundo vagón, el que va detrás de la locomotora, y entonces se meten a una habitación que parece la del dueño del tren y de la cual sale música clásica. Yo me escondo y escucho algunas cosas que pasan adentro. Efectivamente es el astrólogo y sus gritos se pierden cuando cierran la puerta. Apenas si alcanzo a escuchar un crujido y el volumen de la música que sube. Un vacío se apodera de mi vientre y sudo copiosamente, me da un ataque de sed y decido regresar. Cuando paso junto al bar de veo una madre que pasa como loca preguntando por su hijo. Es una pobretona de los vagones de clase baja, pero su angustia es contagiosa. Cuando se aferra de mí me pide ayuda pero le digo que me suelte, ella me sacude el jersey y forcejeamos porque no se quiere quitar de encima, entonces la empujo más duro y se va al suelo. La ola de gritos no se hace esperar así que salgo corriendo en dirección a mi habitación y me escondo. Me recuesto contra la almohada y abro un libro que venía leyendo sobre José Martí, y me encuentro una nota bastante loca en la que alguien me advierte que en una semana me devolveré a la Habana. Esa nota está firmada por Cabrera Infante.